Por la Dra. Sheila Justo Sánchez
Cualquier reforma del Estatuto Marco tiene que partir de una premisa: faltan médicos en la sanidad pública. Para mí, es una de las preocupaciones que deberían presidir el marco legal, la regulación a medida de nuestra profesión.
Un marco propio. Lo hemos oído mucho en los últimos meses, en todos los medios. Lo hemos repetido hasta la saciedad, pero no está de más repetirlo una vez más: una norma común para todo el personal sanitario no puede pasar por alto la responsabilidad, el liderazgo, la formación y la actualización continua que exige ser médico. Eso es lo que piden los médicos y lo que el proyecto no recogía. El «capítulo específico» que anunciaba el Ministerio tampoco lo resuelve.
Todos sabemos que esta profesión tiene rasgos distintivos propios: 11 o 12 años de formación, responsabilidad clínica y legal, y una actualización que no acaba nunca. En las mesas generales, la voz del médico se diluye entre la de los demás colectivos.
Tener un marco propio significa cogobernar: compartir la responsabilidad sobre la planificación de plantillas, la organización del trabajo clínico, el liderazgo de los servicios y la evaluación por resultados en salud. Y, para aterrizarlo, lo que se pide es un ámbito de negociación propio, como existe en el resto de Europa, con mesas específicas y una participación directa y vinculante de las organizaciones médicas.
Tiempo de trabajo y guardias. Hoy un médico trabaja más de 50 horas a la semana. Solo las horas de guardia equivalen a unos 53.500 contratos a jornada completa de 35 horas [confirmar fuente]. El texto consolidaba la guardia obligatoria como jornada de referencia, algo que no existe para el resto del personal sanitario ni para la población general. Las guardias de 24 horas pasan factura: enfermedad cardiovascular, enfermedades mentales, suicidio, burnout y tumores. Además, comprometen la seguridad del paciente [confirmar fuente].
La regulación pretendía reducir ese exceso de jornada y las enfermedades ligadas a las guardias, mejorar la conciliación y bajar la fatiga profesional. Pero eso también obliga a reorganizar plantillas y cobertura asistencial. Estamos hablando de sostenibilidad y de un cambio de modelo sanitario que garantice la asistencia en los próximos años.
Por eso considero que la jornada debe ser de 35 horas, una «jornada segura». De forma transitoria, creo que las guardias deberían ser voluntarias, limitadas, mejor pagadas y computables para la jubilación, con descansos garantizados, sin guardias de 24 horas y con exención por edad. Hace falta, además, un plan de plantillas a 10 y 20 años, para retener y recuperar profesionales, calculado sobre el déficit real, unos 84.000 médicos, y no sobre los 4.190 del último informe del Ministerio [confirmar fuente].
Reconocimiento. El proyecto adaptaba la clasificación al Marco Español de Cualificaciones para el Aprendizaje Permanente (MECU), pero dejaba igual la jerarquía funcional. Considero que hace falta una categoría propia, la «A1 Plus» (nivel 7 del MECU). No es un detalle: de la clasificación dependen el sueldo, la carrera profesional y el reconocimiento de la responsabilidad. Las retribuciones básicas (sueldo base, trienios y paga extra) tienen que estar a la altura de ese nivel, y mejorarlas es competencia del Ministerio.
Retener, no restringir. El texto mantenía la exclusividad para jefes de servicio y cargos directivos. Es una limitación más justo cuando el problema es retener médicos, y puede hacer que se vayan profesionales con experiencia y queden jefaturas sin cubrir. «Restringir no retiene.» El médico tiene que poder elegir dónde trabaja, y el sistema público tiene que ser su mejor opción, no una obligación. Por eso creo que debe haber libertad de compatibilidad entre lo público y lo privado, sin exclusividad impuesta. La clave está en que trabajar en el SNS deje de ser la peor opción.
Jubilación. El proyecto permitía seguir trabajando hasta los 70 años si se mantienen la capacidad funcional y el desempeño. Pero quedaban cosas sin resolver: que las guardias cuenten para la jubilación, una jubilación anticipada sin penalización por la penosidad y la nocturnidad del trabajo médico, la exención de guardias por edad y el desarrollo real de la jubilación parcial. Creo que debería existir una jubilación anticipada sin penalización y una prolongación voluntaria con incentivos. Alargar la vida laboral sin mejorar las condiciones es «un parche para un déficit estructural de plantilla».
Movilidad. El texto daba más garantías frente a los cambios obligatorios de puesto. Pero hay una cláusula que me preocupa: la que permite adscribir al personal a cualquier centro o unidad del ámbito que figure en su nombramiento. En muchos servicios de salud, ese ámbito es el área entera o incluso la provincia. En la práctica, se puede mover a un facultativo a decenas de kilómetros de su centro sin su consentimiento, sin indemnización y sin más límite que la definición administrativa del ámbito, que fija la propia Administración por su cuenta. La organización del trabajo clínico se tiene que cogobernar con los médicos, y la movilidad tiene que hacerse con su consentimiento explícito.
Los residentes. Los 33.339 residentes están fuera de las plantillas estructurales, pero sostienen buena parte de la actividad y de las guardias [confirmar fuente]. Me preocupa que su formación quede, muchas veces, por detrás de la carga asistencial. La formación de los futuros especialistas es clave, y que se dé en las mejores condiciones laborales es mi mayor preocupación. Si el SNS sigue «explotando a los médicos desde las edades más tempranas», perderemos la ilusión y la esencia vocacional del futuro. Considero necesaria una protección reforzada de los MIR, centrada en la formación, con límites específicos de horas y guardias.
Gestión clínica. Todo esto exige una gestión clínica en manos de médicos, con evaluación por resultados en salud y tiempo protegido para la formación, la investigación y la autonomía profesional.
Mirar hacia delante. El sistema actual se sostiene mientras los médicos aguantan el burnout. La sobrecarga del médico y las listas de espera tienen la misma raíz: en 2025 entraron 2,8 millones de pacientes en lista quirúrgica, y un mismo proceso puede superar fácilmente el año de espera [confirmar fuente]. Necesitamos esa unión entre médicos y pacientes. Quien retome esta reforma tendrá que partir de ahí