El consenso europeo de 2026 sobre evaluación cardíaca de deportistas pediátricos evidencia las dificultades para identificar determinadas cardiopatías durante el crecimiento. Siete especialistas entrevistados con motivo de MINUTO 0, la iniciativa del Colegio de Médicos de Madrid, abordan los límites del cribado, la importancia del seguimiento y la necesidad de actuar inmediatamente ante una parada cardíaca.

«Ahora sí que estamos en una condición de prevenir algunas muertes súbitas asociadas a una cardiopatía, pero no todas». La advertencia del cardiólogo Juan José González Ferrer resume uno de los principales retos de la medicina deportiva: detectar enfermedades cardiovasculares que pueden permanecer ocultas durante la infancia y manifestarse a medida que el corazón crece y se adapta al ejercicio.
Esta dificultad fue uno de los asuntos abordados en MINUTO 0, la jornada organizada por el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (ICOMEM) el 16 de octubre. Especialistas en Cardiología, Pediatría, Medicina Deportiva, Atención Primaria y Emergencias analizaron las posibilidades de prevención de la muerte súbita infantojuvenil y la respuesta ante una parada cardíaca. La iniciativa incluyó también talleres de reanimación cardiopulmonar dirigidos a escolares y ciudadanos.
El debate adquiere especial relevancia tras la publicación, en abril de 2026, del consenso europeo Cardiac evaluation of paediatric athletes, que propone recomendaciones específicas para la evaluación cardiovascular de deportistas menores de 16 años y reconoce las limitaciones de la evidencia científica disponible.
Un electrocardiograma normal no sustituye al seguimiento
El doctor José María Villalón, jefe de los Servicios Médicos del Atlético de Madrid, puso el foco en los niños y adolescentes que practican deporte federado de competición. En estos casos, la valoración cardiovascular debe tener en cuenta las exigencias del entrenamiento y los cambios que experimenta el organismo durante el crecimiento.
Villalón explicó la importancia de los reconocimientos médicos, que pueden incluir exploración cardiológica, electrocardiograma basal y de esfuerzo y valoración de la respuesta cardiovascular al ejercicio.
Pero una exploración normal refleja la situación del deportista en ese momento. No constituye una garantía permanente frente a la aparición posterior de alteraciones cardíacas. De ahí la importancia de mantener una evaluación adecuada a la edad, la actividad deportiva y los antecedentes individuales.
Este planteamiento conecta con el consenso europeo de 2026, elaborado por la Asociación Europea de Cardiología Preventiva y la Asociación Europea de Cardiología Pediátrica y Congénita.
El documento parte de una premisa: los deportistas pediátricos no son adultos en pequeño. La maduración cardíaca y las adaptaciones al entrenamiento obligan a interpretar las pruebas con criterios específicos para cada etapa del desarrollo. Entre sus recomendaciones figura la evaluación mediante historia clínica personal y familiar, exploración física y electrocardiograma de doce derivaciones, comenzando no más tarde de los doce años en la población deportiva a la que se dirige, siempre que se disponga de recursos adecuados. También propone repetir el cribado cada dos años hasta los dieciséis.
La dificultad de identificar una enfermedad antes de que se manifieste
El doctor Juan José González Ferrer, especialista en Cardiología del Hospital Clínico San Carlos, explicó que algunas muertes súbitas en jóvenes están relacionadas con enfermedades eléctricas del corazón o miocardiopatías que pueden no presentar manifestaciones evidentes en las pruebas habituales. Incluso los estudios genéticos plantean incertidumbres cuando identifican variantes cuyo verdadero significado clínico todavía no se conoce.
El especialista advirtió del riesgo de realizar exploraciones indiscriminadas a niños aparentemente sanos. Determinados hallazgos pueden conducir a tratamientos, implantación de dispositivos o restricciones deportivas que quizá no estén justificados.
La dificultad consiste en distinguir a quienes realmente presentan un riesgo relevante sin generar una falsa sensación de seguridad ni medicalizar innecesariamente a los demás.
La investigación pediátrica todavía tiene preguntas pendientes
La doctora María Ángeles Pérez Martín, pediatra y coordinadora de la Comisión Técnico Consultiva de Pediatría y Obstetricia del SUMMA 112, llamó la atención sobre la limitada literatura científica específica disponible en España. Buena parte de los conocimientos procede de series pequeñas o de estudios desarrollados en centros concretos.
El consenso europeo de 2026 reconoce también la necesidad de ampliar la investigación para perfeccionar las estrategias de cribado, evaluar mejor el riesgo individual y orientar la práctica deportiva en menores con enfermedades cardiovasculares.
Pérez Martín destacó, además, la importancia de los antecedentes familiares. Arritmias en personas jóvenes, fallecimientos inexplicados o episodios de pérdida de conocimiento asociados al esfuerzo pueden aportar información decisiva para orientar la valoración.
En esa misma línea, Rafael Carlos Ortega Gómez, vocal de Atención Primaria del ICOMEM y coordinador de MINUTO 0, recordó que los pediatras y médicos de Atención Primaria suelen ser quienes primero atienden a menores con posibles señales de alerta. «Es fundamental saber detectar cuando un paciente o el familiar consultan porque tiene palpitaciones, ha tenido una pérdida de conciencia recuperada y especialmente cuando esto ocurre en el contexto del ejercicio», explicó.
La doctora Natividad Ramos, jefa médico de guardia de SAMUR-Protección Civil de Madrid, insistió en que los síncopes infantiles deben valorarse aunque el menor se haya recuperado: «Si tiene pérdidas de conocimiento, es importante que, aunque se recupere, consulten con el pediatra».
Al mismo tiempo, recordó que la mayoría de los niños están sanos y deben poder practicar deporte con normalidad. Reconocer las señales de alarma no significa fomentar el miedo al ejercicio.
Cuando la prevención no es suficiente
Por mucho que avance el diagnóstico, no todas las paradas cardíacas pueden anticiparse. En ese momento, la capacidad de respuesta de quienes presencian la emergencia resulta decisiva.
El doctor Borja Ruiz-Mateos, especialista en cuidados críticos cardiovasculares, defendió la importancia de la desfibrilación precoz cuando existe un ritmo cardíaco susceptible de descarga. Pero también insistió en que, mientras se consigue un desfibrilador, es fundamental iniciar las maniobras de reanimación.
Su experiencia incluye una parada cardíaca atendida en una farmacia donde no había un desfibrilador disponible. Aunque consiguió recuperar la circulación del paciente, la evolución neurológica fue desfavorable. El episodio reforzó su implicación en la enseñanza de la reanimación y la extensión de estos dispositivos a espacios cotidianos.
Para Ruiz-Mateos, uno de los mayores obstáculos es el temor de los testigos a intervenir incorrectamente. La formación práctica ayuda a superar ese miedo y a comenzar las compresiones mientras llega la ayuda sanitaria.
Desde el SUMMA 112, Jordi Arnau Marsá, miembro del Grupo de Trabajo de Parada Cardíaca, identificó otro error frecuente: «La gente, antes de llamar al 112, llama a otras personas».
En ocasiones, los familiares buscan primero a sus hijos o a un vecino, retrasando la activación de emergencias. Arnau insistió en la importancia de contactar inmediatamente con el 112 cuando una persona no responde y no respira con normalidad, iniciar compresiones de calidad y utilizar un desfibrilador cuando esté indicado.
También Villalón reclamó que los centros deportivos dispongan de personal preparado para responder. En su opinión, entrenadores, profesores de Educación Física y preparadores deben recibir formación periódica, porque reconocer una emergencia y actuar de manera coordinada puede resultar tan importante como disponer del equipamiento necesario.
El desafío es detectar mejor sin sobrediagnosticar y mantener una vigilancia proporcionada al riesgo, sin transmitir una falsa seguridad después de una exploración normal.